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Último Trago.

Henry estaba desesperado, el invierno en el parque congelaba sus músculos hasta dejarlos inmóviles.  Pensaba como noche tras noche se encontraba con el frío como si fuera la primera vez.  No había podido acostumbrarse a esa batalla y jamás lo haría. Sus ropas eran insuficientes y desgastadas,  no tenía comida, ni amigos que lo resguardaran bajo un techo.  Hurgó en sus bolsillos.  Un dólar ochenta y siete centavos. Eso era todo.  Recordó a Ulrich, él le debía dinero.  Pero la idea de reclamárselo resultaba muy arriesgada.  En el bar circulaba el comentario de que su esposa lo había dejado y que a razón de ello había perdido el juicio.  Henry conocía ese tipo de mujeres y por ello temía a Ulrich.  Había disfrutado engañar a su mejor amigo con su esposa, y conocía los peligros.  Si Ulrich estaba enterado, podía considerarse hombre muerto.  No, debía mantenerse lo más alejado de ese hombre.  Esos dólares que le había prestado tiempo atrás ya estaban perdidos.

El hambre también le resultaba insoportable.  Su aspecto de asceta se intensificaba con cada día de hambruna.  Los editores ya no le recibían y le trataban como a un vagabundo.  Maldijo al mundo y a su suerte.  En una época pasada, Europa había sido su obsesión, pero eso había cambiado hacía ya tiempo.  Por ahora, la ciudad que lo estaba matando era también su única salvación.  Debía recurrir a la única persona que no había traicionado en toda su vida.  Al llegar a la casa de Mara, notó que nada había cambiado, incluso su cadáver parecía natural en el cuadro.  La lloró escasamente.  Sabía que todo se estaba acomodando a su suerte y que su final también estaría cerca. Tras una última vacilación se puso su viejo tapado y su viejo sombrero, y con ojos brillantes todavía abrió la puerta y bajo las escaleras como una exhalación.

Recordó los casi dos dólares que le quedaban, y pensó en hacer aquello que hacía mejor, beber.  El whisky le daría el calor y la tranquilidad que necesitaba.  Recorrió el largo camino recordando los sueños de juventud y, aunque ya no les parecían propios, se ordenó a sí mismo el recordar brindar por ellos.  Los creía robados como la comida con la que subsistía.

Una vez en el bar pidió un whisky, y lo observó durante unos minutos.  El espejo tras las botellas reflejó el rostro de Ulrich, que sonreía nerviosamente.  Los demás clientes se habían alejado y el cantinero estaba paralizado.  Ulrich abrió la palma de la mano, extendiéndola ansiosamente hacia él.  El precioso metal parecía brillar animado. Henry reconoció el anillo

de bodas perteneciente a la mujer con la cual lo había engañado, y vio en él su muerte. Estaba manchado con sangre, al igual que la mano que lo sostenía.  Ulrich lo  había comprado con el dinero que tiempo atrás Henry le había prestado.  Vio el arma en la cintura de su futuro asesino y  se sorprendió de sí mismo al no sentir ningún escalofrío.  Su vida no había sido lo que él esperaba, pero eso ya no tenía remedio.  Silenciosamente tomó su whisky y brindó por sus sueños de juventud.

Eterna angustia

Soy el personaje de un cuadro.  Un cuadro sombrío y triste, pintado con cansados amarillos que reflejan la soledad de un desierto cargado de lejanas colinas.  Sólo en las obras de Dalí reconozco tales escenarios.  Mi creador es una persona perversa y sin  alma.  No puede haber otra explicación para crear este mundo.  Y si la existe, no quita el dolor que siento.

Comparto mi existencia con un buitre y su victima.  La sucesión de hechos que dan vida a este presente se repiten una y otra vez en mi memoria, aunque nunca hayan existido realmente.  Sólo somos representaciones de ideas de nuestro pintor y esa es la única razón de nuestra existencia.  Sé que la persona nunca fue otra cosa que victima del buitre, el buitre nunca fue otra cosa que su asesino y tirano, y yo mismo no otra que su salvador frustrado.  La escena, eterna en su repetición, es espantosa. Su principio siempre tuvo al buitre desgarrando los pies del pobre hombre.  Su pasividad y resignación fueron la causa de mi creación.  Yo llegaba y le ofrecía mi ayuda, que el hombre (nunca pude saber su nombre) aceptaba sin mucha exaltación en un principio, y con más urgencia hacia el final.  Mi escopeta se creía cargada y me estaba esperando.  El buitre, siempre perverso y conocedor de su rol en el cuadro, escuchaba atentamente como esperando el final de la charla para jugar su papel.  La escena final y única, perpetúa mi desesperación, y no otra cosa represento.  A lo lejos, borroso y sin un rostro definido, corro desesperado con mi escopeta en mano para salvar al hombre que nunca llega a morir.  Tiene al buitre en su garganta, y la sangre que colma sus profundidades ahoga a la bestia.  No me importa el sufrimiento del buitre, me importa el del hombre.

Veo las caras de quienes nos miran y siento su angustia.  Sé que es un buen cuadro.  Sin embargo no creo que merezcamos esta existencia.