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Archive for the ‘Relatos’ Category

Memorias de lector.

Mi aventura literaria comenzó por curiosidad, por intentar develar el misterio que encerraban aquellos libros que siempre estuvieron presentes en mi casa, pero que se me presentaban como inalcanzables, incomprensibles todavía en su totalidad para un chico de 13 años.  Pero cierto día, llenándome el pecho de valor e intentando vencer aquel grado de vergüenza que acarreaba el intentar ponerme a la altura de mi padre, comencé mi primera lectura literaria no obligada y fruto de mi deseo.

Así se abrieron ante mí las increíbles aventuras de un genio adelantado a su tiempo, cargado del optimismo de su época, que se correspondía en mucho con la natural de mi edad.  A aquellos personajes que se sentían capaces de realizar las más alocadas hazañas guiados por la firme mano de la razón, comenzaron a sumárseles los clásicos, en un afán de comenzar por lo consagrado con el fin de formar un gusto y un bagaje capaz de guiarme por el buen camino en la elección de futuras lecturas.

Más tarde los relatos que cobraban vida en la piel de un hombre completamente tatuado, me dieron a conocer un escritor que junto con aquel otro de influencias dadaístas, genial en su prosa y censurado en su país, considero mis escritores de cabecera.  El primero contó aquellas historias que siempre busqué.  Y el segundo supuso un quiebre total en mi concepción de lo que la literatura puede permitirse.  La crucifixión a lo largo de tres libros, sufrida a causa de ese misterio rosa de nombre cambiante, no pudo ser mejor inicio para comprender al autor de los trópicos.  La búsqueda de su obra continúa siendo el inicio obligado de toda visita a una librería.

Es de esta manera que lo que comenzó como un viaje de ochenta días alrededor del globo, continua aún su camino por los fascinantes escenarios creados por esos seres tan increíbles que son los escritores.

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El Olor.

Desperté como cualquier otro día.  Los gatos estarían seguramente hambrientos, y como Ana no había vuelto a casa conmigo, tendría que ser yo el encargado de alimentarlos.  Los niños estaban en su cuarto, podía olerlos desde la cama.  Abrí los ojos en su máxima expresión.  Eso no estaba bien.  Tampoco el hecho de haber despertado convertido en una rata.  Al instante recordé el café de la noche anterior y la bruja que paso junto a nuestra mesa.  Jamás pensé que fueran verdad los disparates que relató.  Pero Ana insistió.  Siempre interesada en perder plata en esas cosas.  Por diversión decía, además me cae bien la gente que vende ficciones.  Piense en algo mientras toma este brebaje y en ello se convertirá, dijo la bruja.  La gente a nuestro alrededor nos observaba y comentaban cosas que no pude escuchar.  Lo cierto es que para sacármela de encima lo tomé y en señal de rebeldía, lo hice pensando en lo más desagradable que se me cruzó por la cabeza.  Las ratas. Las odiaba.  Por eso me aseguraba de tener por lo menos cinco gatos en mi casa.  Si alguno dormía, otro estaría despierto para atrapar al roedor y así salvarme de la desagradable experiencia de tener que lidiar con él.  Pero esa mañana, me fue imposible desentenderme del problema.  La rata era yo.  Para colmo de males, podía oler a los gatos tras la puerta de mi dormitorio, que maullaban y rasgaban la puerta desesperadamente.  No habían sido alimentados y el desayuno más suculento de sus vidas estaba tras una puerta cerrada.  Su olor me inspiraba un terror difícil de explicar.  Repentinamente, el olor de mi hija Laura comenzó a ser cada vez más fuerte y preso del pánico no pude gritarle nada.  La puerta se abrió y ella saltó para darme un beso en la frente.  Junto con ella los gatos, que fueron justo a mi garganta.  La niña comenzó a llorar y yo con una almohada comencé a alejarlos.  Cerré la puerta y me quedé con mi hija encerrado.  ¿Por que te hicieron eso?, preguntó.  Ante tal interrogación noté que ella no veía nada raro en mí.  Me observe nuevamente y vi una rata, pero ella parecía no notarlo.  Más tarde mi esposa llegó y todo siguió el mismo curso.  Nadie notaba el drástico cambio.  Se lo comenté, y solo atinó a reír nerviosamente.  Esa misma semana me internaron en el neuropsiquiatrico.  “Se hace la rata”, comentan los trabajadores del establecimiento entre risas.  Pero aunque ellos no lo sepan, yo  puedo escucharlos a través de los muros.  Y puedo olerlos también.

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Último Trago.

Henry estaba desesperado, el invierno en el parque congelaba sus músculos hasta dejarlos inmóviles.  Pensaba como noche tras noche se encontraba con el frío como si fuera la primera vez.  No había podido acostumbrarse a esa batalla y jamás lo haría. Sus ropas eran insuficientes y desgastadas,  no tenía comida, ni amigos que lo resguardaran bajo un techo.  Hurgó en sus bolsillos.  Un dólar ochenta y siete centavos. Eso era todo.  Recordó a Ulrich, él le debía dinero.  Pero la idea de reclamárselo resultaba muy arriesgada.  En el bar circulaba el comentario de que su esposa lo había dejado y que a razón de ello había perdido el juicio.  Henry conocía ese tipo de mujeres y por ello temía a Ulrich.  Había disfrutado engañar a su mejor amigo con su esposa, y conocía los peligros.  Si Ulrich estaba enterado, podía considerarse hombre muerto.  No, debía mantenerse lo más alejado de ese hombre.  Esos dólares que le había prestado tiempo atrás ya estaban perdidos.

El hambre también le resultaba insoportable.  Su aspecto de asceta se intensificaba con cada día de hambruna.  Los editores ya no le recibían y le trataban como a un vagabundo.  Maldijo al mundo y a su suerte.  En una época pasada, Europa había sido su obsesión, pero eso había cambiado hacía ya tiempo.  Por ahora, la ciudad que lo estaba matando era también su única salvación.  Debía recurrir a la única persona que no había traicionado en toda su vida.  Al llegar a la casa de Mara, notó que nada había cambiado, incluso su cadáver parecía natural en el cuadro.  La lloró escasamente.  Sabía que todo se estaba acomodando a su suerte y que su final también estaría cerca. Tras una última vacilación se puso su viejo tapado y su viejo sombrero, y con ojos brillantes todavía abrió la puerta y bajo las escaleras como una exhalación.

Recordó los casi dos dólares que le quedaban, y pensó en hacer aquello que hacía mejor, beber.  El whisky le daría el calor y la tranquilidad que necesitaba.  Recorrió el largo camino recordando los sueños de juventud y, aunque ya no les parecían propios, se ordenó a sí mismo el recordar brindar por ellos.  Los creía robados como la comida con la que subsistía.

Una vez en el bar pidió un whisky, y lo observó durante unos minutos.  El espejo tras las botellas reflejó el rostro de Ulrich, que sonreía nerviosamente.  Los demás clientes se habían alejado y el cantinero estaba paralizado.  Ulrich abrió la palma de la mano, extendiéndola ansiosamente hacia él.  El precioso metal parecía brillar animado. Henry reconoció el anillo

de bodas perteneciente a la mujer con la cual lo había engañado, y vio en él su muerte. Estaba manchado con sangre, al igual que la mano que lo sostenía.  Ulrich lo  había comprado con el dinero que tiempo atrás Henry le había prestado.  Vio el arma en la cintura de su futuro asesino y  se sorprendió de sí mismo al no sentir ningún escalofrío.  Su vida no había sido lo que él esperaba, pero eso ya no tenía remedio.  Silenciosamente tomó su whisky y brindó por sus sueños de juventud.

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Eterna angustia

Soy el personaje de un cuadro.  Un cuadro sombrío y triste, pintado con cansados amarillos que reflejan la soledad de un desierto cargado de lejanas colinas.  Sólo en las obras de Dalí reconozco tales escenarios.  Mi creador es una persona perversa y sin  alma.  No puede haber otra explicación para crear este mundo.  Y si la existe, no quita el dolor que siento.

Comparto mi existencia con un buitre y su victima.  La sucesión de hechos que dan vida a este presente se repiten una y otra vez en mi memoria, aunque nunca hayan existido realmente.  Sólo somos representaciones de ideas de nuestro pintor y esa es la única razón de nuestra existencia.  Sé que la persona nunca fue otra cosa que victima del buitre, el buitre nunca fue otra cosa que su asesino y tirano, y yo mismo no otra que su salvador frustrado.  La escena, eterna en su repetición, es espantosa. Su principio siempre tuvo al buitre desgarrando los pies del pobre hombre.  Su pasividad y resignación fueron la causa de mi creación.  Yo llegaba y le ofrecía mi ayuda, que el hombre (nunca pude saber su nombre) aceptaba sin mucha exaltación en un principio, y con más urgencia hacia el final.  Mi escopeta se creía cargada y me estaba esperando.  El buitre, siempre perverso y conocedor de su rol en el cuadro, escuchaba atentamente como esperando el final de la charla para jugar su papel.  La escena final y única, perpetúa mi desesperación, y no otra cosa represento.  A lo lejos, borroso y sin un rostro definido, corro desesperado con mi escopeta en mano para salvar al hombre que nunca llega a morir.  Tiene al buitre en su garganta, y la sangre que colma sus profundidades ahoga a la bestia.  No me importa el sufrimiento del buitre, me importa el del hombre.

Veo las caras de quienes nos miran y siento su angustia.  Sé que es un buen cuadro.  Sin embargo no creo que merezcamos esta existencia.

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