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Archive for 23 agosto 2010

Sangre que no has de ver.

No es difícil encontrar en los diarios denominados serios, fotografías impresionantes con escenas desgarradoras, cuyos actores principales son indefectiblemente personas pertenecientes a lugares lejanos de nuestra realidad.  En palabras de Susan Sontag:  “Cuanto más remoto o exótico el lugar, tanto más estamos expuestos a ver frontal y plenamente a los muertos y moribundos.”

La diferencia que los diarios amarillos presentan con relación a aquellos que poseen fama de serios, es que los primeros no poseen mayores inconvenientes de publicar fotografías con personas muertas o mal heridas del ámbito local.  El diario Crónica ha sido acusado numerosísimas veces de agregar mediante computadora, sangre a las fotografías de accidentes.  Las imágenes de muertos ayudan a crear el impacto que estos diarios necesitan.  Por el otro lado, diarios como La Nación, o Clarín, prefieren imágenes no tan directas, sino que presenten una cierta composición que permita ver el cadáver, pero que a la vez oculte sus aspectos más chocantes, desviando la atención hacia un segundo objeto.

Ahora bien, estas diferencias se acaban cuando lo que se muestra pertenece a una realidad lejana.  El diario Clarín utilizó tres cuartos de tapa para publicar en un día domingo una fotografía en la que se mostraba a dos soldados iraquíes dentro de una trinchera, decapitados por el estallido de una bomba. El cuadro se completa con uno de los soldados sosteniendo una bandera blanca, y dos soldados estadounidenses contemplando la brutal imagen.  Fotografías como ésta parecen no afectar la sensibilidad de occidente, que sí se ve afectado ante imágenes de catástrofes propias.  Las terribles decapitaciones de extranjeros a manos de grupos de resistencia iraquíes, no son mostradas en su totalidad.  A pesar de tener la imagen, ningún medio internacional reprodujo de manera nítida el cuadro final de la decapitación.  En algunos casos, lo que se hizo fue esfumar las imágenes finales, como en un intento torpe de querer mostrar sin impresionar.

Estos ejemplos se reproducen por cientos, y tal vez su mayor exponente fue la cobertura que los medios norteamericanos hicieron del atentado a las torres gemelas, donde a la censura estatal, se le sumó la autocensura de los mismos medios a la hora de mostrar imágenes de cadáveres.

El caso norteamericano es paradigmático.  La opinión pública de ese país en relación con los conflictos bélicos en los que participa, parece reaccionar únicamente ante las imágenes de los muertos propios.  Existe una marcada tolerancia a la muerte de los otros y  su contemplación como algo natural y de poco costo, pero la muerte de soldados estadounidenses siempre surge como resultado de un error.  Las guerras comienzan a estar mal cuando irremediablemente comienzan a morir, en un numero mucho menor, los soldados estadounidenses.  Sólo en esos casos se alza la voz a favor de la mesura en la exposición de las imágenes.

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La mano.

El cartel es claro y conciso, elaborado con la finalidad última de condensar en un espacio pequeño y transportable, imágenes representativas de la humillación sufrida por los prisioneros iraquíes a manos de los soldados estadounidenses.  Las imágenes están acompañadas por una frase escrita en árabe, por lo que a pesar de la contundencia de las fotografías, los desconocedores de ese idioma, quedarán indefectiblemente fuera de la comprensión total del discurso expuesto.

Dos manos sostienen cuidadosamente el cartel.  Una de ellas, comparte esa tarea con la de agarrar a su vez un collar de cuentas de fácil asimilación a funciones religiosas.  Lo terrible de lo expuesto allí parece necesitar de la ayuda de lo espiritual.  Ambos van acompañados.  La religión, la guerra y también la política, parecen mezclarse sin límites claros en sus efectos.

Sin embargo, el rostro a medio tapar no conlleva marcas religiosas ni políticas que lo relacionen con el conflicto central de la guerra. La cuidada barba, significativa en esa región, pero no lo suficientemente mantenida en longitud como para atribuirle a su portador algún rol de importancia política o religiosa notoria, le otorga claramente el papel de civil al sujeto ahora objeto de descripción. Lo que puede observarse de su vestimenta, corrobora aún más ésta hipótesis.  Él es una victima ajena a los intereses de la guerra.

Sólo la expresión del único ojo visible, cerrado fuertemente por un dolor sincero, es signo inequívoco de su llanto y de su relación con lo expuesto en las imágenes.  Un brazo fuerte y su mano laboriosa, miembros acostumbrados a otras tareas, juegan en este caso el papel más duro, el de ocultar las lagrimas.  Posiblemente él mismo haya estado en esa situación, o tal vez algún familiar. Es imposible saberlo.

Lo cierto es que al exponerse al horror, complementa el mensaje del cartel.  Delante de un fondo opacado e indefinido, el dolor y humillación conforman el todo de esa unión.

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Memorias de lector.

Mi aventura literaria comenzó por curiosidad, por intentar develar el misterio que encerraban aquellos libros que siempre estuvieron presentes en mi casa, pero que se me presentaban como inalcanzables, incomprensibles todavía en su totalidad para un chico de 13 años.  Pero cierto día, llenándome el pecho de valor e intentando vencer aquel grado de vergüenza que acarreaba el intentar ponerme a la altura de mi padre, comencé mi primera lectura literaria no obligada y fruto de mi deseo.

Así se abrieron ante mí las increíbles aventuras de un genio adelantado a su tiempo, cargado del optimismo de su época, que se correspondía en mucho con la natural de mi edad.  A aquellos personajes que se sentían capaces de realizar las más alocadas hazañas guiados por la firme mano de la razón, comenzaron a sumárseles los clásicos, en un afán de comenzar por lo consagrado con el fin de formar un gusto y un bagaje capaz de guiarme por el buen camino en la elección de futuras lecturas.

Más tarde los relatos que cobraban vida en la piel de un hombre completamente tatuado, me dieron a conocer un escritor que junto con aquel otro de influencias dadaístas, genial en su prosa y censurado en su país, considero mis escritores de cabecera.  El primero contó aquellas historias que siempre busqué.  Y el segundo supuso un quiebre total en mi concepción de lo que la literatura puede permitirse.  La crucifixión a lo largo de tres libros, sufrida a causa de ese misterio rosa de nombre cambiante, no pudo ser mejor inicio para comprender al autor de los trópicos.  La búsqueda de su obra continúa siendo el inicio obligado de toda visita a una librería.

Es de esta manera que lo que comenzó como un viaje de ochenta días alrededor del globo, continua aún su camino por los fascinantes escenarios creados por esos seres tan increíbles que son los escritores.

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El rostro principal de la fotografía debe ser seguramente uno de los más reconocibles a escala mundial.  Su constante reproducción a lo largo de los años que siguieron a los atentados del 2001, ha contribuido con singular éxito en condensar en él todo el terror que el mundo occidental siente ante la amenaza latente de cualquier atentado.  Es un mal que ha llegado para quedarse y para ser temido.  El hecho de que no esté siempre activo y que no se halle presente en la realidad cotidiana, no significa que creamos que no existe.  Se ha convertido en una presencia constante, pero ausente, que solo aparece esporádicamente y con la fuerza necesaria como para mantener viva la amenaza que supone.  Pero esta fotografía presenta al rostro mas buscado del planeta ejerciendo una función vital para el funcionamiento de las sociedades, y es allí donde reside su singularidad.  Roland Barthes en su ensayo titulado “fotos-impactos” afirma que las fotografías que retratan el horror, raramente logran conmovernos.  El terror ya ha sido construido mediante la composición de la imagen, por lo que los sentimientos del espectador con respecto a ella ya fueron incluidos de antemano por su autor.  Ante tal situación sólo nos queda vincularnos con ella mediante el mero interés técnico, que poco tiene que ver con los sentimientos.  Ahora bien, la fotografía aquí expuesta, a pesar de presentar al personaje sinónimo de terror en la actualidad, dista mucho en su intención de asustarnos.  Por el contrario, nos remite al carnaval y a su esencia,  el absurdo, la sublimación del ocio.  La fotografía irradia el humor de las festividades.

Describámosla.  Se divisan cuatro máscaras, una de las cuales constituye el objeto principal de este escrito.  Las restantes tres, pertenecientes a monstruos ficticios, le dan el contexto que hace interesante a la fotografía, junto con el hombre que las expone.  La que nos interesa en principio es la de Bin Laden.  La máscara en sí, es un objeto artístico y cultural presente a lo largo de toda la historia de la humanidad. Desde las primeras sociedades paleolíticas hasta las más avanzadas civilizaciones, acudir a la representación de un rostro a través de la manipulación de diversos materiales ha sido una constante y, valdría decir, una obsesión de los seres humanos.  En la antigüedad, la máscara no representaba un motivo jocoso o divertido, sino que estaba vinculada a ceremonias y ritos de carácter eminentemente espiritual. Los hechiceros de tribus y comunidades utilizaban máscaras para identificarse con las potencias sobrehumanas. El uso puramente teatral de las máscaras surgió en el mundo occidental, desde los griegos, en sus prácticas religiosas. Las actividades teatrales son una representación de la realidad. La máscara participa de manera entrañable ya que su forma física comunica, como el conjunto de la obra, una realidad.  Lo sagrado y lo profano, la celebración y el duelo, la teatralidad y el mito, están presentes en la diversidad de las máscaras.  Y el carnaval ha logrado un uso muy específico de ellas.  Es allí donde las tensiones sociales se liberan.  En el ciclo carnavalesco se une la religiosidad popular con lo festivo, la farsa y lo dionisíaco. El Carnaval es la fiesta de la burla, la broma, la chanza, la risa, la parodia y el humor. Durante el Carnaval se relativiza jocosamente cualquier orden o jerarquía y en él impera la risa, que como ha develado M. Bachtin, es un factor social revolucionario.  Supone una victoria sobre el miedo moral, el miedo ante lo tabú o prohibido sacralizado.  Su lenguaje nunca es utilizado por el poder, la violencia, ni la autoridad, y gracias a ella, lo amenazador queda transformado en cómico, y lo terrible se convierte en no menos que una caricatura.

Pero el carnaval no significa hoy lo que significaba siglos atrás, ni tiene el lugar que antes ocupaba en la sociedad.  Caro Baroja, en su estudio sobre las fiestas, escribe sobre la desacralización del carnaval, el ámbito hasta ahora más común de estas máscaras.  El autor afirma que la reglamentación de las fiestas siguiendo criterios políticos y atendiendo a  ideas de “orden social” o de “buen gusto”, no han hecho más que acabar con sus encantos y turbulencias.  El carnaval era posible y real mientras el hombre aun siguiera creyendo que su vida estaba sometida a fuerzas sobrenaturales.  Todo esto que el autor afirma puede ser cierto, pero también lo es el hecho de que muchos de los elementos del carnaval no han hecho más que distribuirse a lo largo de la vida cotidiana.  La elección del tiempo como entidad lineal y homogénea, y ya no como entidad diferenciada y cíclica, como lo era en el modelo preindustrial, ha cambiado la identidad de las fiestas.  La gente vive más el reposo como un hecho individual, y por el contrario, ve a las fiestas como un tiempo de intensidades, de fatiga.  El carnaval se ha distribuido y desmenuzado en muchas otras actividades, protagonizadas directamente por la gente.  Muchas de las fiestas que antes eran desempeñadas por los pueblos, han caído en manos de “profesionales”.  Y ante la pasividad que supone el contemplar un carnaval desde unas gradas, su esencia se ha dispersado a lugares como por ejemplo las hinchadas de fútbol o lugares bailables.  Y es precisamente en esos nuevos sectores donde se utilizan estas máscaras que cumplen su función original, la de la interpretación.

Volvamos a la fotografía y comprobaremos esto.  Observemos a la persona que mira el racimo de máscaras.  No existe odio en su mirada.  Una mueca un tanto burlona se dibuja en su boca cuando mira al tenebroso racimo.  Y es que de esa manera afrontamos nuestros miedos.  Así como los pueblos antiguos  afrontaban la muerte representándola en sus fiestas, el mundo moderno también asimila sus horrores mediante la representación.  La mascara de Bin Laden no se halla acompañada de otros personajes de la realidad, sino de personajes puramente ficticios, directamente asimilables al terror.  En la antigüedad, existían máscaras que representaban el mal, demonios o espíritus especialmente dañinos.  Su función era la de mantener un equilibrio de poderes, un orden social o político que la cultura debe sostener.  Es la tradición cultural la que dicta los caracteres que deben intervenir en el drama.  Y esos caracteres hoy en día se han globalizado.  Así es como los demonios de la actualidad son compartidos por casi la totalidad de los pueblos.  No es extraño que esta fotografía haya sido tomada en un pequeño shopping de Bangkok, en Tailandia.  La humanidad comparte ahora sus demonios de manera más amplia.  Y el hecho de que la mascara de un personaje real se halle acompañada por otras de carácter ficticio, es un claro ejemplo del funcionamiento de la sociedad de la información.  Todo circula y se consume.  En este mundo cargado de imágenes, pareciera que lo real solo pasa por su filtro.  La instalación del demonio de Bin Laden como personificación del mal es posible porque su figura se repite una y otra vez en los medios.  Pero al final de cuentas lo que termina quedando es su representación, que acaba convirtiéndose en una representación del terror.  Pero un terror mediatizado, convertido en imagen.  Y así como los pueblos antiguos veían en las representaciones de sus demonios sus miedos más profundos y los afrontaban mediante su personificación,  hoy vemos en la mascara de Bin Laden ese miedo latente a lo desconocido.  El hecho de pertenecer a una cultura diferente, con un idioma distinto y con una concepción diferente de lo que es la vida y la muerte, ayuda aún mas a temerle, y a convertirlo en aquel demonio tan necesario para la personificación del mal, opuesto al del bien. Y la manera en que lo afrontamos es aquella a la que el hombre siempre ha recurrido, mediante su representación teatral, donde las máscaras ocupan un lugar de privilegio.

SITIOS WEB Y BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

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El Olor.

Desperté como cualquier otro día.  Los gatos estarían seguramente hambrientos, y como Ana no había vuelto a casa conmigo, tendría que ser yo el encargado de alimentarlos.  Los niños estaban en su cuarto, podía olerlos desde la cama.  Abrí los ojos en su máxima expresión.  Eso no estaba bien.  Tampoco el hecho de haber despertado convertido en una rata.  Al instante recordé el café de la noche anterior y la bruja que paso junto a nuestra mesa.  Jamás pensé que fueran verdad los disparates que relató.  Pero Ana insistió.  Siempre interesada en perder plata en esas cosas.  Por diversión decía, además me cae bien la gente que vende ficciones.  Piense en algo mientras toma este brebaje y en ello se convertirá, dijo la bruja.  La gente a nuestro alrededor nos observaba y comentaban cosas que no pude escuchar.  Lo cierto es que para sacármela de encima lo tomé y en señal de rebeldía, lo hice pensando en lo más desagradable que se me cruzó por la cabeza.  Las ratas. Las odiaba.  Por eso me aseguraba de tener por lo menos cinco gatos en mi casa.  Si alguno dormía, otro estaría despierto para atrapar al roedor y así salvarme de la desagradable experiencia de tener que lidiar con él.  Pero esa mañana, me fue imposible desentenderme del problema.  La rata era yo.  Para colmo de males, podía oler a los gatos tras la puerta de mi dormitorio, que maullaban y rasgaban la puerta desesperadamente.  No habían sido alimentados y el desayuno más suculento de sus vidas estaba tras una puerta cerrada.  Su olor me inspiraba un terror difícil de explicar.  Repentinamente, el olor de mi hija Laura comenzó a ser cada vez más fuerte y preso del pánico no pude gritarle nada.  La puerta se abrió y ella saltó para darme un beso en la frente.  Junto con ella los gatos, que fueron justo a mi garganta.  La niña comenzó a llorar y yo con una almohada comencé a alejarlos.  Cerré la puerta y me quedé con mi hija encerrado.  ¿Por que te hicieron eso?, preguntó.  Ante tal interrogación noté que ella no veía nada raro en mí.  Me observe nuevamente y vi una rata, pero ella parecía no notarlo.  Más tarde mi esposa llegó y todo siguió el mismo curso.  Nadie notaba el drástico cambio.  Se lo comenté, y solo atinó a reír nerviosamente.  Esa misma semana me internaron en el neuropsiquiatrico.  “Se hace la rata”, comentan los trabajadores del establecimiento entre risas.  Pero aunque ellos no lo sepan, yo  puedo escucharlos a través de los muros.  Y puedo olerlos también.

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Último Trago.

Henry estaba desesperado, el invierno en el parque congelaba sus músculos hasta dejarlos inmóviles.  Pensaba como noche tras noche se encontraba con el frío como si fuera la primera vez.  No había podido acostumbrarse a esa batalla y jamás lo haría. Sus ropas eran insuficientes y desgastadas,  no tenía comida, ni amigos que lo resguardaran bajo un techo.  Hurgó en sus bolsillos.  Un dólar ochenta y siete centavos. Eso era todo.  Recordó a Ulrich, él le debía dinero.  Pero la idea de reclamárselo resultaba muy arriesgada.  En el bar circulaba el comentario de que su esposa lo había dejado y que a razón de ello había perdido el juicio.  Henry conocía ese tipo de mujeres y por ello temía a Ulrich.  Había disfrutado engañar a su mejor amigo con su esposa, y conocía los peligros.  Si Ulrich estaba enterado, podía considerarse hombre muerto.  No, debía mantenerse lo más alejado de ese hombre.  Esos dólares que le había prestado tiempo atrás ya estaban perdidos.

El hambre también le resultaba insoportable.  Su aspecto de asceta se intensificaba con cada día de hambruna.  Los editores ya no le recibían y le trataban como a un vagabundo.  Maldijo al mundo y a su suerte.  En una época pasada, Europa había sido su obsesión, pero eso había cambiado hacía ya tiempo.  Por ahora, la ciudad que lo estaba matando era también su única salvación.  Debía recurrir a la única persona que no había traicionado en toda su vida.  Al llegar a la casa de Mara, notó que nada había cambiado, incluso su cadáver parecía natural en el cuadro.  La lloró escasamente.  Sabía que todo se estaba acomodando a su suerte y que su final también estaría cerca. Tras una última vacilación se puso su viejo tapado y su viejo sombrero, y con ojos brillantes todavía abrió la puerta y bajo las escaleras como una exhalación.

Recordó los casi dos dólares que le quedaban, y pensó en hacer aquello que hacía mejor, beber.  El whisky le daría el calor y la tranquilidad que necesitaba.  Recorrió el largo camino recordando los sueños de juventud y, aunque ya no les parecían propios, se ordenó a sí mismo el recordar brindar por ellos.  Los creía robados como la comida con la que subsistía.

Una vez en el bar pidió un whisky, y lo observó durante unos minutos.  El espejo tras las botellas reflejó el rostro de Ulrich, que sonreía nerviosamente.  Los demás clientes se habían alejado y el cantinero estaba paralizado.  Ulrich abrió la palma de la mano, extendiéndola ansiosamente hacia él.  El precioso metal parecía brillar animado. Henry reconoció el anillo

de bodas perteneciente a la mujer con la cual lo había engañado, y vio en él su muerte. Estaba manchado con sangre, al igual que la mano que lo sostenía.  Ulrich lo  había comprado con el dinero que tiempo atrás Henry le había prestado.  Vio el arma en la cintura de su futuro asesino y  se sorprendió de sí mismo al no sentir ningún escalofrío.  Su vida no había sido lo que él esperaba, pero eso ya no tenía remedio.  Silenciosamente tomó su whisky y brindó por sus sueños de juventud.

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Eterna angustia

Soy el personaje de un cuadro.  Un cuadro sombrío y triste, pintado con cansados amarillos que reflejan la soledad de un desierto cargado de lejanas colinas.  Sólo en las obras de Dalí reconozco tales escenarios.  Mi creador es una persona perversa y sin  alma.  No puede haber otra explicación para crear este mundo.  Y si la existe, no quita el dolor que siento.

Comparto mi existencia con un buitre y su victima.  La sucesión de hechos que dan vida a este presente se repiten una y otra vez en mi memoria, aunque nunca hayan existido realmente.  Sólo somos representaciones de ideas de nuestro pintor y esa es la única razón de nuestra existencia.  Sé que la persona nunca fue otra cosa que victima del buitre, el buitre nunca fue otra cosa que su asesino y tirano, y yo mismo no otra que su salvador frustrado.  La escena, eterna en su repetición, es espantosa. Su principio siempre tuvo al buitre desgarrando los pies del pobre hombre.  Su pasividad y resignación fueron la causa de mi creación.  Yo llegaba y le ofrecía mi ayuda, que el hombre (nunca pude saber su nombre) aceptaba sin mucha exaltación en un principio, y con más urgencia hacia el final.  Mi escopeta se creía cargada y me estaba esperando.  El buitre, siempre perverso y conocedor de su rol en el cuadro, escuchaba atentamente como esperando el final de la charla para jugar su papel.  La escena final y única, perpetúa mi desesperación, y no otra cosa represento.  A lo lejos, borroso y sin un rostro definido, corro desesperado con mi escopeta en mano para salvar al hombre que nunca llega a morir.  Tiene al buitre en su garganta, y la sangre que colma sus profundidades ahoga a la bestia.  No me importa el sufrimiento del buitre, me importa el del hombre.

Veo las caras de quienes nos miran y siento su angustia.  Sé que es un buen cuadro.  Sin embargo no creo que merezcamos esta existencia.

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